Artículo Personal: Cecilia e Isabel

Cecilia e Isabel

 

Mi experiencia es como la de tantas madres; al principio triste y luego maravillosa. Mi deseo con esta narración es animar a estos padres que aún viven con esa pena. Quieren mucho a su hijo pero, en el fondo de ellos, no han superado la pena de que su hijo es deficiente.

Cuando tuve a mi primera hija, mi tristeza fue muy grande. Lloraba y me preguntaba por qué me había tocado a mí. De pronto algo se paró en mi mente, y me dije a mí misma: “Si mi hija me viera me diría: Qué vergüenza de madre que me ha tocado, que en vez de estar contenta de tenerme, llora porque soy distinta”. No puedo deciros qué o quién me mandó esta réplica, pero desde ese momento dejé de compadecerme de mí misma y comencé a ocuparme de ella, como una hija a la que tenía que enseñarle con paciencia y gran voluntad, pues lo que más me importaba era que pudiera defenderse y valerse por sí misma.

Pasó el tiempo. Realmente habíamos conseguido que nuestra encantadora Cecilia subiera como la espuma y nos enseñara todo lo que podía hacer. Más de una vez me dio una buena lección de hasta dónde tenía capacidad.

Por esos azares de la vida, Dios se la llevó. Entonces sí que teníamos que llorar. Lo hice cuando nació, porque no comprendía lo que Él me mandaba, y ahora nos sólo perdía una hija, sino un ser maravilloso al que llamaban “mongólico”, que no volvería a tener.

Sin saber cómo los caminos se entrelazan. Alguien de mi ciudad comentó que en en otra comunidad autónoma habían abandonado una niña con síndrome de Down. Me recorrió un frío por el cuerpo, pues la idea de tener una hija con estas características era muy especial; no sabía si realmente yo sería suficientemente madre para esta niña, si yo llegaría a dar la talla que esa niña se merecía.

A los pocos días me puse en contacto con la familia que en esos momentos tenían la custodia de esa niña. Es curioso, hay cosas que entonces me parecían extrañas; una de las veces que llamé por teléfono, esa persona me decía “que la niña era muy bonita”, a lo cual yo le respondía que a mí no me preocupaba si era guapa o no, que sería mi hija y así la aceptaría.

Llegó el día en el cual nos trasladamos mis hijos, mi marido y yo para conocer a Isabel. Una vez allí, y después de hablar con la familia que la había acogido y atendido (había necesitado, incluso, cirugía cardiaca), estando en el hotel se apoderó de mí un miedo que no puedo explicar con palabras. Dije a mi marido y a mis hijos que no estaba segura y que esa niña se merecía lo mejor. Mis hijos, que entonces tenían nueve años, llorando me pedían que no dejásemos a la niña en esa ciudad, que por favor la trajésemos con nosotros. Por supuesto, mi marido opinaba igual que los niños. Me vi tan protegida por mi familia, con tanto apoyo y cariño, que no podía por menos de aceptar la vida de este nuevo miembro en la familia.

Nuestra vida cambió de nuevo, mis familiares me tacharon de loca. De esto han pasado ya dos años y esta niña nos ha enseñado a vivir felices.

Le pido a Dios que a todos los padres que tienen estos niños les dé la misma fuerza y empuje que a mí me dio, y le doy gracias por haberme puesto en mi camino a este ser tan maravilloso como es Isabel.

Una madre feliz (España)

Nota Ed. Los nombres de las protagonistas están cambiados.