Cultivar el espíritu (II)
Cuando hablamos de la espiritualidad en una persona con síndrome de Down ¿qué queremos significar? Nos referimos a su disponibilidad para albergar y contener vivencias, sentimientos, ilusiones, creencias, esperanzas, anhelos, convicciones. De manera porfiada trabajamos por desarrollar sus conocimientos y sus habilidades en el habla, la lectura, el cálculo, la habilidad manual, la capacitación laboral, la habilidad social. Pero ahí no se agota la humanidad de una persona. El ser humano, con discapacidad o sin ella, exige el cultivo de su naturaleza espiritual que no es otra que aquella que le permite elevarse sobre sus necesidades más elementales para disfrutar de sus vivencias personales, convicciones y esperanzas.
¿Cómo podemos conseguir que la espiritualidad de una persona con síndrome de Down se desarrolle? La clave está en la persuasión que se introduce y se transmite mediante nuestro permanente modelado, es decir, nuestro ejemplo. Nosotros, los que convivimos a su lado en la casa, en la escuela, en el centro laboral u ocupacional, somos su ejemplo y referente. Pero un ejemplo puede ser negativo o positivo; por eso, quizá más que hablar de ejemplo habremos de hablar de ejemplaridad, una noción que entre nosotros se ha esforzado en explicar el filósofo Javier Gomá (Ejemplaridad pública, Madrid 2009).
Nuestro hijo, nuestro alumno, crece entre ejemplos porque se halla, desde su nacimiento, en una red de influencias mutuas. Ya de niño le rodean ejemplos poderosos que contribuyen a formar su yo casi sin darse cuenta y, después, cuando se haga adulto y su personalidad esté formada, las fuentes que le suministran ejemplos serán más plurales y complejas, pero su influencia es tan eficaz como antes. Vive, se mueve y existe entre ejemplos que imita. Pero la fuerza del ejemplo no sólo estriba en ser un hecho inexorable: el ejemplo es la única vía para el conocimiento moral. El conocimiento de lo técnico es conceptual, abstracto y anónimo, mientras que el conocimiento moral sólo se transmite mediante ejemplos personales. Aquellos conceptos que conforman la espiritualidad de una persona no se encierran en la definición que de su concepto enuncia el diccionario, sino que su verdad se revela exclusivamente en los ejemplos concretos de acciones que las ejemplifican. De ahí la importancia de los ejemplos para el aprendizaje moral y para la educación sentimental de la persona con síndrome de Down. De ahí también la especial responsabilidad en que incurrimos quienes las circunstancias nos convierten en ejemplo especial y próximo para esa persona. Somos fuente principalísima de su desarrollo espiritual.
Hay cualidades con las que nace una persona con síndrome de Down, como cualquier otra persona: podríamos decir que son las cualidades heredadas. Que, por supuesto, debemos atender, sostener y potenciar. Pero es preciso dar un paso más en nuestro intento por desarrollar el máximo de sus capacidades: atender a sus ambiciones espirituales, al desarrollo de las virtudes que, con nuestro ejemplo, la dotarán de esa excelencia moral que admiramos en una persona. El síndrome de Down no le resta esta posibilidad; es cierto que su desarrollo habrá de ser ajustado a la realidad personal pero, en ningún caso, deberá ser olvidado u obviado. Porque sin su realización espiritual, la plenitud de la persona quedará mutilada.



