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Historial del Tema: Un apunte al editorial de mayo: responsiveness
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- Chus
Gracias Beatriz por esta lección de lenguaje, que le transciende a la práctica, a una forma de hacer.
Yo por mi parte que apunto la responsiveness, porque hacer las cosas con alma, sin duda es la medida para confiar en un profesional y que ello le diferencie y no el título que tenga.
Precisamente algo parecido le decía yo el otro día a mi marido, cuando dudamos sobre un tema médico: el médico será profesional, pero yo soy su madre y mi mirada concienzuda, diaria, me hace conocer mucho a mi hija como para cuestionar si es correcto o no su hacer profesional.
Y lo mismo se podría decir de la cantidad de ocasiones que tenemos con ellos en una realidad verdadera y no tan ficticia como la estimulación que utiliza elementos no reales, apilar torres, cuando queremos apilar ropa ordenadamente, por ejemplo... eso me decía la estimuladora de Irene, el objetivo es que sepa clasificar, yo aquí no tengo un mundo verdadero, me valgo de cosas que lo asemejan.
- Beatriz Gómez-Jordana
Con afán de resaltar el verdadero núcleo que el editorial de nuestra revista ha tratado de dar al papel que ejercemos los padres, fundamentalmente, y los profesionales en su “desdibujada” labor educativa con nuestros hijos, desearía apuntalar una realidad reflejada en toda su dimensión a través del término inglés que enmarca la imagen de una madre logrando comunicarse con su hija de apenas un mes, simplemente, con un gesto.
El término: “Responsiveness”. Su traducción al castellano: “Sensibilidad para responder positivamente”. Su traducción al idioma universal: “la imagen en sí misma”.
La inevitable realidad de nuestras vidas, las de los padres y los profesionales, abre muchas “goteras” en ese costoso trabajo que, tanto los primeros como los segundos, debieran ejercer en favor del óptimo desarrollo integral de una persona con discapacidad, desde su más tierna infancia.
Es indudable que existen dos líneas de trabajo, consciente e inconsciente, por parte de padres y profesionales y que ambas se tocan sutilmente cuando se trata de la relación paterno-filial; pero debieran hacerlo menos cuando es referente al profesional que. hipotéticamente, se dedica a ello por plena “vocación” y “entrega”, con la potente connotación que ambas palabras implican.
Los padres, como bien se indica, debemos ser padres por encima de todo, pero en ocasiones creemos que delegando en los profesionales la labor de múltiples aprendizajes y tareas sistemáticas en pro de nuestros hijos, nos convierte en mejores padres y mitiga de alguna manera ese “sentido de culpabilidad” que nos corroe, por el simple hecho de que nuestras circunstancias vitales nos impiden pasar las horas que “aparentemente” debiéramos o creemos deber pasar con ellos.
Somos “Yo y mis circunstancias…” decía Ortega pero la frase continuaba “…y si no las salvo a ellas, no me salvo yo”; coletilla de carácter menos “autojustificativa” de nuestros actos y por lo tanto menos “mediática” y “populista” que, sin embargo, esconde toda la profundidad de un saber hacer las cosas de la mejor manera posible. No consiste en rellenar los huecos vacíos de nuestra labor paterna con profesionales sino ser padres de calidad para llenar hasta arriba los huecos más estrechos o más cortos que tengamos con ellos.
La línea consciente de trabajo para nosotros los padres debe ser, sin más, y como la propia palabra indica: “consciente”. Y consciente significa literalmente “saber perfectamente, con sentido, con pensamiento, con querer y obrar con el conocimiento de lo que se hace”. Y desde esa línea, es exponencialmente más educador el mirar, observar, interpretar, sorprenderse, sonreír, reír, llorar, alegrarse, hablar, gesticular, integrarse dentro de la personalidad de nuestro hijo 10 minutos al día, que 45 minutos en manos de cualquier profesional, sea éste el número 1 de su promoción y doctor honoris causa.
La línea inconsciente sería, precisamente, y perdónenme si vuelvo a la literalidad del término sirviendo a mis propósitos: “lo que hacemos sin darnos cuenta del alcance de lo que hacemos” y que, de alguna manera, está “privado de un sentido” por el simple hecho de no tener acceso a él. Dicho en la forma que nos atañe: dejar al alcance de otros el trabajo para lo que supuestamente están cualificados o bien estar mecánicamente presentes con ellos las horas que sean, sin realmente estar ahí conscientemente.
Con esto, quiero dejar bien claro que ambas líneas deben existir, porque son irrefutablemente necesarias las dos. Somos seres humanos y no dioses y, por encima de todo, somos padres, con nuestros defectos y nuestras virtudes, nuestros buenos momentos y los desastrosos también. Pero no olvidemos nunca lo que significa el trabajo consciente como tampoco que el inconsciente es necesario para enriquecer al primero en múltiples ocasiones y sobrevivir.
El protagonismo que en todo esto tienen los imprescindibles profesionales es vital, por la responsabilidad que su labor ejerce sobre el proceso educativo de nuestros hijos y por ello hay que ser cautos a la hora de saber elegirlos, pues delegar es inevitable y necesario. La diferencia estriba, en este caso, en que el trabajo que éstos deben ejercer y aplicar ha de ser más infinitamente consciente y desgraciadamente menos inconsciente.
He hablado de “vocación” y su literalidad es, aparentemente, menos compleja por cuanto es definida como inclinación a una profesión o carrera. Pero, como he expresado, es sólo apariencia. La realidad -para mí- es que Vocación es, precisamente, Responsivenes, pues dentro de ella se encuentra, a veces, la inspiración y la llamada a hacer bien las cosas; a hacerlas con alma. Y cuando algo se hace con alma, siempre, siempre deja una huella e imprime un simple gesto.
Beatriz Gómez-Jordana Moya



