Es curioso en mi trabajo me ha tocado hacer frente a una situación paradójica.
Una persona se sentía indignada porque un agente le había puesto una multa por estacionar su coche en un aparcamiento reservado a personas con movilidad reducida.
El agente no había visto que tenía la tarjeta que le permitía aparcar.
Hasta aquí parece que la indignación está razonada...
Pero resulta que la persona discapacitada no estaba en el vehículo y su padre, que le conducía, usa la tarjeta para aparcar en un sitio reservado para discapacitados, cuando su hijo no va en el coche.
Y resulta que observo a los padres bastante alterados, entre ellos quitándose la palabra, incluso faltándose al respeto, porque querían dejar claro que ellos eran arduos defensores de los derechos de su hijo, que si los discapacitados tal que si los discapacitados cual, que vosotros no sabéis lo que es luchar de la mañana a la noche por un hijo con discapacidad, porque en todos los sitios igual... y todo esto a grito pelado, durante un buen rato, sin importarles nada más que escucharse a sí mismos. Sin saber muy bien qué querían más de decir que su vida es una lucha constante.
La normalización de las vidas con discapacidad empieza por uno mismo, hacer de la discapacidad la excusa para convertir tu vida en un batalla campal, es no vivir. Y además hacer un uso indebido de los derechos y defenderlos mal, puede ocasionar más perjuicios que beneficios.