No podemos prever los límites de una persona concreta con discapacidad intelectual, ni debemos ponerlos. Hemos de aceptar, ciertamente, que los límites máximos de su capacidad cognitiva son, en la inmensa mayoría de los casos, inferiores a los del resto de la población. En ese sentido, el famoso cociente intelectual sigue siendo una medida indicativa y sugerente de limitaciones. Pero en absoluto clarifica sus posibilidades reales, marcadas profundamente por el desarrollo que siguen otras cualidades personales derivadas del amplio abanico que ofrecen las inteligencias múltiples.
Todo cerebro humano se desarrolla de forma que, aseguradas las funciones elementales que le permiten evolucionar en el marco de las características propias de la especie, desarrolla de forma variable redes neuronales (por origen genético e influencia epigenética) que marcan la gran variabilidad cualitativa y cuantitativa con que se expresan las distintas cualidades o inteligencias múltiples. El inabarcable concierto con que se generan, se distribuyen, confluyen e interactúan las redes neuronales que conforman los cógnitos (elementos de conocimiento y memoria), explica, por un lado, la neurodiversidad; y, por otro, la aparición de la discapacidad intelectual.
Porque, sobre esa base común, determinados eventos pueden originar modificaciones sustanciales que afectan, en grado diverso, a las redes neuronales que influyen negativamente sobre funciones relacionadas con la cognición en su sentido más prístino y con la conducta adaptativa. Es imposible en el tiempo de esta presentación
El cerebro, todo cerebro, es eminentemente plástico, moldeable, modificable. En ello se basa la importancia de la calidad de la acción educativa; la vivencia de un ambiente familiar equilibrado que transmite seguridad y valores; la constancia en el aprovechamiento de recursos y oportunidades para el máximo desarrollo de su personalidad y de sus habilidades. Diré más, el niño y el adolescente con síndrome de Down son particularmente permeables a la acción educativa cuando es coherente e inteligente, porque cuestiona menos y acepta más. Entonces el resultado ha de ser la realidad de un ciudadano sólidamente integrado en nuestra sociedad, consciente de sus problemas y limitaciones, sí, pero al mismo tiempo seguro de sí mismo, satisfecho de sí mismo, dispuesto a aportar sus capacidades al bien común de la sociedad. Es lo que llamo: el ciudadano corriente con síndrome de Down.
Un abrazo. Jesús